Estampas socialistas

 

Hueco en el Muro de Berlín. Foto: Jorge Andrés Castillo

Hueco en el Muro de Berlín (1989). Foto: Jorge Andrés Castillo

– Yo cruzo, punto.

– ¡Pero… !

No hubo peros. Él no era el único que podía atravesar la barrera de concreto, sin embargo, quienes tenían chance de acompañarlo no le vieron sentido al asunto. Su amigo de ojos rasgados, escabullido de Corea del Norte, fue el primero en protestar:

–              ¿Ir a ver lo mismo que tengo en casa? ¿Para qué? ¡Eso es deprimente!

–              Yo sí cruzo.

Y ahí los dejó, con sus insignias de estudiantes de la Universidad de Essen, yendo de un extremo a otro y disparando sus flashes sobre los grafitis de “mierdas”, de “¡personas!” y de “salvación”; también, sobre el papel tapiz de ositos que decoraba un fragmento de aquella pared de 4 metros de alto y 160 kilómetros de largo, que dividía Berlín en dos.

–              Sí, soy latinoamericano, de Venezuela. Estoy aquí estudiando Diseño de la Comunicación y vine con un grupo de colegas fotógrafos desde la cuenca del Ruhr, porque queríamos retratar el Muro.

El oficial, abotonado de gris hasta arriba, corbata negra y cinturón marrón, tomó el pasaporte, observó la imagen de 5cm x 5cm y subió la cabeza. “¡Quítese las gafas oscuras!”, ordenó y comenzó a penetrar en los ojos de su interlocutor durante 1, 2, 3,4, 5… 13,14,15 segundos.

Jorge Andrés Castillo, pantalón y chaqueta de jean, barba tupida y casi pelirroja, sostenía con fuerza su bolso repleto de rollos de película e intentaba no pestañear. Un movimiento del policía lo sacó de su impavidez: le puso el documento junto a su mejilla derecha, luego junto a la izquierda y volvió preguntar.

–              ¿Qué hace usted acá?

–              Soy estudiante y vengo de turismo.

–              ¿Es casado?

–              Sí.

–              ¿Sus padres viven?

–              Sí.

–              ¿Trabajo?

–              Hacía ensayos documentales para periódicos y revistas de mi país.

–              Súbase en aquel bus. Tiene hasta las 11:59 de la noche para retirarse o se meterá en problemas. No le puede sobrar nada de esas 25 monedas que acaba de cambiar.

“¡Chaclán!”. El agente cogió una hojita grabada con la cara de Bolívar y dejó la marca de ingreso a la República Democrática Alemana (RDA), a las 10:00 a.m. del 13 de abril de 1989. Más adelante, aún dentro de la casilla de inmigración, otro sujeto lo paró en seco, le palpó los bolsillos del pantalón, le dio palmadas en el pecho, ojeó dentro de la maleta y le señaló el transporte con el dedo. El entonces joven de 26 años caminó despacio y respiró: “Menos mal no me quitaron la cámara”.

Eran las 10:15 a.m. cuando se trepó a la van blanca y apenas se acomodó en la silla, reflexionó: “¿Y si éste es el peor error de mi vida? ¿Y si me dejan aquí y me convierto en un preso más?”. Durante los 45 minutos que le tocó esperar allí, recordó a Chris Gueffroy, el chico que apareció en el diario un par de meses atrás, cuando hizo activar las alarmas al correr desde el este, brincar la tapia y los alambres de púas hacia el oeste y recibir una ráfaga mortal; también revivió lo que le había sucedido 48 horas antes, cuando escuchó “Compadre Pancho” tocada a cuatro limpio en un andén del metro y decidió cantársela a aquel músico colombiano que, como compraba instrumentos baratos en el oriente, le explicó que por ser de América del Sur podía franquear legalmente el límite y le pidió que aprovechara y le trajera un violín.

Continuaba la espera en aquel corredor de asfalto, en cuyos costados se encontraba la súper minada “tierra de nadie” que separaba por 50 metros la muralla pintarrajeada de occidente de una segunda barda, la cual daba acceso a la zona socialista. La contempló y, sin querer recapitular los más de 200 relatos de fallecidos en aquel arenal, su mente se trasladó al pasado inmediato, en una especie de recuento de lo que acababa de hacer: separarse de su grupo de 30 extranjeros invitados a la capital por el Servicio de Intercambio Estudiantil estatal, jubilarse de las actividades que debía cumplir con decenas de muchachos más de otras escuelas, evadir las listas de asistencia y aventurarse solo hasta la frontera.

De pronto, volvió al presente y aunque su corazón aún retumbaba con fuerza, la meta en ese justo instante era que su faz pareciera imperturbable.

A las 11:00 a.m., el vehículo arrancó y se detuvo 200 metros más adelante. “Ya pueden salir”, indicó el conductor.

Muro de Berlín y Puerta de  Brandenburgo. Foto: Jorge Andrés Castillo

Muro de Berlín y Puerta de Brandenburgo (1989). Foto: Jorge Andrés Castillo

*****

Silencio rotundo.

Soledad.

Sensación de haber retrocedido en el tiempo al poner un pie sobre aquel suelo.

Eran las 11:15 de la mañana de un jueves, no estaba en las afueras sino en plena ciudad y por la acera de adoquines grises no circulaba un alma; menos aún por la avenida.

Abrumado ante tanto vacío, este hombre de 1,80 metros empequeñeció de ánimo. No obstante, estaba resuelto a conocer por lo que abrió el plano que traía consigo y trató de ubicarse, tomando como referencia tres estaciones de metro polvorientas, carentes de bombillos y enrejadas con candados, que había logrado ver días antes y por las que todavía transitaban los vagones de la República Federal sin que nadie pudiera descender en ellas, pues pertenecían al otro gobierno.

Nada. Cero. No dio con ellas.

“Bueno, si vengo de acá, el centro debe estar hacia allá”, concluyó a tientas, ante la ausencia de letreros que le indicaran las rutas hacia los sitios turísticos de la urbe, tal como se acostumbra en París, Londres o Madrid. “¡Ah, claro! Es para que se les dificulte viajar sin el permiso de la municipalidad”, y su cerebro hizo el enlace directo con alguna tertulia de cafetería donde se discutió ese asunto de la remoción de las señalizaciones, con el objeto de que la gente no abandonara los linderos de su comunidad.

Al percatarse de eso, la fijación que ya tenía con su reloj, que él juraba que se quedaría parado en cualquier momento y le impediría brincar antes de la medianoche hacia su lugar de origen, quedó aderezada con el temor a perderse. No fue fácil estar en sus zapatos Adidas durante ese breve lapso, que se le hizo eterno.

*****

“Chic-chic, chic-chic, chic-chic”. Iba descargando el obturador sobre vitrinas y fachadas, a medida que avanzaba y rastreaba con la mirada algún folleto, trozo de afiche o cualquier pieza gráfica que pudiera transformar en una postal handmade. El que no hubiera basura, e incluso papeleras, casi dio por terminada la tradición de enviar noticias a su hogar desde cada pueblo que visitaba. El envase del jugo de naranja que se acababa de tomar y la carátula de una revista vieja, resolvieron el dilema.

A la oficina de correos destacada en su mapa llegó sin tropiezos. 12:00 p.m. Tres taquillas, una sola activa, 16 números por delante. “Esto debe ser rápido”, pensó mientras admiraba aquellas varas largas rematadas con un redondel que, empleadas por la funcionaria como si fueran matamoscas, imprimían el sello/estampilla sobre la carta.

12:15 p.m. y apenas habían sido atendidos tres usuarios.

–              Buenos días. ¿Cómo está?

–              Bien, gracias.

–              ¿Sus hijos? ¿Su esposo?

–              Todos bien.

–              ¡El tiempo amaneció terrible!

–              Sí.

12:30 p.m. y el protocolo se repetía una y otra vez, con extraños y allegados a la empleada. Habituado a la “velocidad capitalista”, donde los trámites particulares deben restarle el mínimo de productividad a la jornada laboral, a Castillo le costaba entender la falta de prisa, la nula búsqueda de eficiencia de aquellos individuos. “Probablemente si se apuran aquí, no se verá beneficiado ningún proceso en sus empleos”, especuló.

Él, por el contrario, meneaba los muslos, volteaba su muñeca izquierda y sólo se calmó un cuarto de hora después, cuando tocó el mostrador.

–              Buen día.

–              Buen día –respondió como un rayo y entregó su correspondencia.

(“tácata, tácata, tácata, tácata, tácata, tácata, tácata, tácata”)

–              96 centavos por sus ocho postales.

 

Muro de Berlín cerca del  Checkpoint Charlie. Foto: Jorge Andrés Castillo

Muro de Berlín cerca del Checkpoint Charlie (1989). Foto: Jorge Andrés Castillo

“Con estos precios, ¿cómo carajo voy a hacer yo para gastarme estos 25 marcos antes de devolverme?”, se interrogó a sí mismo, mientras terminaba pagar un par de libros de pintura impresos en Rusia, con una rebaja de 2000% con respecto a lo que le habrían costado del otro lado.

Al salir de la tienda, lo atrajo el olor a salchichas que emanaba de un tarantín encajado debajo de una escalera, que conducía a la estación de tren. Escudilla de cartón, cerveza fresca porque no había refrescos, menos de 3 marcos y, ahí, en plena vía pública, en un comedero metálico, alto y de patas flacas, almorzó de pie y codo a codo con oficinistas recién “liberados”. Era la 1:00 p.m. Ninguno charló, ninguno sonrió, ninguno manoteó, todos portaban bolsas y cajitas genéricas, sin marcas, blancas, marrones o estriadas, amarradas con cordones. Él terminó, arrancó y ahí los dejó, parados, ya sin nada en el plato y abstraídos en el espacio.

Unas cuadras más adelante, una señora de medias negras, poncho beige de nylon y paraguas lucía igual, paralizada; también el tipo de falsa gabardina en tono ceniza, que tenía la frente pegada a una vitrina donde sólo se veía una cama matrimonial.

“Chic-chic, chic-chic, chic-chic”. Castillo seguía registrando con sus lentes de 35 mm y de 6×6, perfiles o retaguardias de los pocos e inmóviles hombres y mujeres con los que coincidió, cuyo permiso no se atrevió a solicitar. Nadie le reclamó, pero él igual volteaba de un lado a otro después de cada toma. Se sentía acechado, espiado, como si estuviera haciendo algo malo. “¿Será que algún policía-sapo vestido de civil me está siguiendo con un rifle?”, meditaba sin cesar.

“Fuuu… fuuu… fuuu”, un ruido usual lo sacó de su cavilación. Era el tranvía desierto al que luego se subiría y donde nadie le pidió su ticket de ida. “No jo…, pude haberme venido gratis”, rumió y de inmediato recapacitó: “los 25 marcos” (o los 17 que le restaban).

 

Comedero callejero. Berlín del Este. Foto: Jorge Andrés Castillo

Comedero callejero. Berlín del Este (1989). Foto: Jorge Andrés Castillo

Recorrió el Monumento al Soldado, con sus esculturas elevadas hasta los 30 metros y sus jardines podados al ras, y la extensísima Alexanderplatz, con sus bancos y sus postes de hierro forjado, como de principios del siglo XX. Hizo el amago de fotografiar el hall de un enorme inmueble cuadriculado donde, por fin, había visto una multitud pulular.

–              ¡Aquí no puede hacer eso! –le increpó un funcionario uniformado como los demás, que subían y bajaban escaleras con sus espaldas tan rectas como su andar.

–              ¡Ah! Disculpe.

Su reloj, si es que no se había detenido, marcaba las 3:00 p.m. cuando decidió retornar a pie. Tomó otras rutas, se tragó el humo negro que despedían los Trabants que, esporádicos y con su silueta cuadrada y sus luces redondas, le daban vida fugaz a las avenidas.

Luego, se enfrascó en las vidrieras: blusas arrugadas, pantaletas y ganchitos arremolinados en un borde, sostenes sin maniquíes soportados por sus propias tiras, tres muñecas y cestas vacías en una juguetería… “Es la estética socialista”, dedujo.

Sin museos ni bibliotecas a dónde ir, bordeó un silencioso puente sobre el río Spree y merodeó frente a fachadas con gárgolas ladeadas, pintura manchada y descascarada y huecos no muy profundos, que sólo podían aludir a la guerra culminada hacía cuatro décadas.

Habían transcurrido casi 60 minutos y ya el estómago comenzaba a gruñir. Sólo se topó con una panadería con torteras sin tortas, un bol de vidrio colmado de café negro aguado, estanterías desiertas, cinco bandejas desocupadas y dos con algunas hogazas, pero se vio confinado a entrar.

–              Un café, un bollo y una pretzel, por favor.

–              ¿Podría quitarse los anteojos? Es para poder conocerlo –le rogó la cajera con una sonrisa.

–              (quitándose los Ray-Ban cuadrados) ¿No queda nada?

–              Sí queda. Es que no podemos dejar que se nos pierda, así que vamos preparando a medida que vienen los clientes. Lo que sucede es que la mayor venta se hace temprano. ¿De dónde es usted?

–              De Caracas, pero vengo desde Alemania Occidental. Entré por el día.

–              ¡Ah! Tengo un pariente lejano en Venezuela que emigró hacia el oeste apenas levantaron el Muro en el ’61; yo no había nacido. De allí una empresa lo trasladó a Suramérica. No sé si permanece allá. ¿Y cómo es que habla alemán?

–              Estoy estudiando.

–              “Y cuando termine, ¿se queda en Alemania occidental o regresa a Caracas?

–              Regreso.

–              ¡Aaaah! Son 80 centavos.

***

La ciudad y el tiempo se le estaban agotando. Poco antes de las 5:00 p.m. anocheció y él aún seguía deambulando entre edificios, losas cenicientas y la impresión de orfandad vigilada.

Tras una puerta flanqueada por sillas de jardín, escuchó una canción y entró a curiosear. Sus oídos no se equivocaron, era Michael Jackson. Se apropió de la primera mesa y un mesonero se avecinó:

–              Señor: no se puede sentar acá.

–              Pero está vacía.

–              Precisamente. Debe unirse a aquel grupo, pues en su mesa aún quedan sillas sin usar. ¿Cómo va a ocupar todo este espacio si está solo?

Aquella administración del espacio y el esfuerzo le impactó, pero pronto descubrió que le sería beneficiosa.

–              ¿Qué whisky tiene?

–              Sólo Johnnie Walker blend

–              Uno. En las rocas.

–              No tenemos hielo.

Ahora sonaba Peter Gabriel lo cual, para él, era una ironía. Quiso ordenar algo para picar, pero tampoco había.

–              ¿Whisky? Eso sólo lo tomamos en los cumpleaños –le comentó Ulrich, uno de sus nuevos aliados, con su idioma seco, carente de latinismos ni expresiones prestadas de otras lenguas, pese a la música que escuchaban.

–              Sí. ¿Qué cerveza toman?

–              La única que hay –agregó el joven, mientras liaba su propio cigarrillo.

Después de las introducciones de rigor sobre sus respectivas carreras universitarias, Jorge Andrés quiso indagar un poco más. Se caló el “somos felices en nuestra patria soberana”, hizo caso omiso la percepción de los chicos de que él podía ser un “peine” tratando de sacarles información e insistió:

–              ¿No les gustaría irse a Berlín del oeste cuando se gradúen? –inquirió, pulsando la delicada tecla de la fuga de cerebros que fue blandida por las autoridades de la RDA para justificar el levantamiento de la pared “de protección antifacista”, tras la huida de unos 3 millones de ciudadanos hacia el occidente en el decenio posterior a 1949.

–              No –respondió Úrsula-. No estamos capacitados para desenvolvernos del otro lado, no tendríamos ninguna oportunidad porque allá la competencia es voraz y tienes que pisar a otros para poder superarte tú.

–              No es completamente así.

–              Lo vemos en la televisión, en Falcon Crest o Dallas. ¿Cómo es posible que haya hermanos pasando hambre y otros tienen casas con mil bombillos, 20 baños, 14 dormitorios y vive una mujer sola?

La conversación siguió por la misma tónica hasta que se hicieron las 9:00 de la noche y el corazón del forastero se sacudió con fuerza. “Me voy”, asestó de repente, les dejó pagadas dos rondas de cervezas más y partió.

Vidriera en Berlín del Este (1989). Foto: Jorge Andrés Castillo

Vidriera en Berlín del Este (1989). Foto: Jorge Andrés Castillo

Empezó a caminar y se extravió. Daba ojeadas hacia arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda y lo único que le parecía familiar era la luna llena. Cerca de perder la calma, dio con la estrategia: ponerse de espaldas a la penumbra soviética –resultado de las políticas energéticas- y dirigirse hacia aquel resplandor vibrante que divisaba a la distancia.

Después de hora y media de peregrinación, se aproximó al punto de control. Se detuvo jadeante y retrocedió: “Me da chance de hacer otras fotos. Esto es demasiado sórdido”, y se replegó para explorar unos terrenos rodeados con vallas de zinc y con estructuras residenciales a medio construir.

Sin antes no había visto casi carros ni gente, en esos minutos que le restaban ni las moscas volaban.

A eso de las 11:30 se dispuso a cruzar. Sin embargo, antes de dar el paso final, volteó una vez más. “Chic-chic, chic-chic, chic-chic”, imágenes de lo que dejaba atrás, con la certeza de que no volvería jamás. Imágenes desde el mismo punto donde, días antes, había visto a un abuelo comunicándose con una señora a sólo 100 metros, por medio de binoculares y ademanes con pañuelos.

–              Las bolsas y el pasaporte, -requirió el abrigado custodio del Checkpoint Charlie, a donde llegaba a pie porque iba de salida.

–              Aquí tiene.

–              ¿La moneda?

–              ¿Me puedo quedar con algunas?

–              No. Y no hay reembolso. ¿Para qué son todos estos rollos?

Tembló por centésimas de segundos. Le vieron el carnet de la facultad y, tras el cateo de rigor, lo dejaron marchar sin contestar.

A su diestra y unos pasos más allá, un tenderete con el logo de Pepsi Cola le advirtió a sus nervios que podían descansar. Su reloj marcó las 12:00 de la madrugada.

Volvió… a otro lugar

El cuarto oscuro de la universidad.

Allí estaba Jorge Andrés Castillo, acompañado por su radiecito am/fm, revelando un material que debía entregarle a su profesor al día siguiente.

Eran las 7:00 de la noche y, aunque no tocaba ningún resumen informativo, el hilo musical fue interrumpido por un locutor: “En este momento se abrió la frontera con Alemania Democrática; ¡las personas están pasando libremente!”, anunció con excitación.

De esa forma, el narrador resumió la rueda de prensa ofrecida minutos antes por Günter Schabowski, miembro del politburó del Partido Socialista Unificado de Alemania, quien anunció la entrada en vigencia de la Ley de Permisos de Viaje al exterior, para los orientales.

Jorge soltó todo, organizó a medias la mesa de trabajo y corrió al bar de costumbre donde encontró a sus amigos absortos en la televisión; sabía que no iba a entregar ese proyecto la mañana siguiente, probablemente tampoco a la semana siguiente.

–              En dos días salimos a Berlín.

–              Hay que ir a tomar fotos. Eso parece un carnaval de Brasil.

Volvió, bailó, bebió, martilló, rayó y atravesó. Para adelante, para atrás, para adelante, para atrás.

Arriba de la muralla vio a los guardias de gris, quizás los mismos de hacía cinco meses, pero ahora sus casacas no estaban abotonadas. La imagen le hizo palpitar el pecho una vez más. Ya no era de temor.

Turista en el Muro de Berlín (1989). Foto: Jorge Andrés Castillo

Turista en el Muro de Berlín (1989). Foto: Jorge Andrés Castillo

 

Crónica realizada en el Seminario de Periodismo Narrativo auspiciado por Cigarrera Bigott, Caracas, 2010.

Una respuesta a “Estampas socialistas

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