Caracas en dos ruedas (y sin motor)

A propulsión humana recorrí la urbe de este a oeste. Entre sustos y anécdotas descubrí que, salvo por el sudor, andar en bicicleta en medio del desorden no es tan distinto a hacerlo por otros medios y puede resultar hasta más rápido

(Texto publicado en la revista Dominical de Últimas Noticias en febrero de 2012).

–          Uno: Aléjate de los autobuses porque tienen muchos puntos ciegos.

–          Dos: Circula por la derecha. Si te pones nerviosa, porque los carros pasan muy cerca, agarra el canal completo porque ¡es tu derecho!

–          Tres: En sitios álgidos, como Plaza Venezuela, vas a ir muy pegada de mí. De cualquier modo, casi siempre tomaremos rutas alternas

–          Ok, si va -dije con convicción.

Por dentro, el ánimo se me desinflaba ante las caras de susto de Patrick, nuestro fotógrafo, y de Daniel Ramírez, integrante de los colectivos Cicloguerrilla Urbana, Ciclovía Ccs y quien sería mi guía durante la jornada.

Ya lo había hecho por teléfono, sin embargo, Daniel volvió a preguntarme si era una “dura” en eso de andar en bicicleta. Mi “bueeenoo….” no lo convenció pero igual se unió a mi “invento” de recorrer, en dos ruedas y tracción a sangre, la ciudad que congrega  37,9% de los casi 4 millones (3.785.735) de vehículos que circulan a escala nacional, según el Resumen ejecutivo del parque automotor venezolano publicado, en 2010, por la Cámara de Fabricantes Venezolanos de Productos Automotores. Eso, sin contar las 160 mil motos que, aproximadamente y según cifras de 2007, se desplazan por la capital de acuerdo con la Asociación civil Por la Caracas Posible. 

En sus marcas, listos… ya va 

“Esto es normal para mí; ayer anduve como por tres bancos, fui a Chacao a comprar maní y luego subí a la Simón Bolívar, todo con mi bici”, relató Ramírez, como para bajarme de esa nube en la que me sentía la más original del mundo.

Mientras inspeccionaba la GT Rebound que me prestó la mamá de un amigo esa misma mañana, el chico de barba Jesucristo-style me fue contando cómo éste se ha convertido en su medio de transporte primordial; también en el de algunos de los 500 miembros del grupo de Facebook que armó Ciclovía para promover el ciclismo urbano, diferente del deportivo.

–          A estos cauchos les falta aire y el freno de atrás no está funcionando. Vamos a la bomba.

Primer desvío por mi culpa y la mirada de duda de Patrick no ayudaba. Marchamos, manivela en mano, del Centro Plaza de Los Palos Grandes a una estación de servicio aledaña.

–          Yo propongo que vayamos a Café Noisette por la avenida Rómulo Gallegos y de ahí arrancamos para la plaza Bolívar –indicó el experto.

–          ¿Qué plaza Bolívar?

–          La del centro.

–          …. ahí vemos.

 

Cortesía Revista Dominical

Cortesía Revista Dominical

 

Ahora sí

Hablemos claro: El instinto de supervivencia es arrec… La temblequera que experimenté, minutos antes, no afloró por ningún lado tan pronto doblamos a la derecha por la “Y” de la arepera Las tres esquinas. Ni siquiera el “chaleco” de Dolande (ver créditos), camino al C.C. Millenium, pudo con mi entereza.

Daniel sólo levantó el pulgar para señalar que chévere, que adelante y continuamos por las mismas calles que usan los carros hasta empalmar con la avenida principal de La Carlota. Ahí tuve otro conato de temblequera: tenía que maniobrar entre retrovisores y, como si eso fuera poco, lidiar con una gandola con tres secciones llantas dobles que eran tres veces más altas que yo.

Ojos como huevos fritos, piecitos al piso y a moverme cual pingüino con manubrio hasta la intersección con la avenida Francisco de Miranda. “¡Es que cuando hay cola es más seguro meterse así!”, me soltó mi profesor, quizás porque lo estuve observando con cara de “me estás haciendo romper las reglas”.

Luz para atravesar. Él levantó su mano para indicarle al conductor de la derecha que le diera paso y yo, por andar rezagada: “¡Un momentico, señor! ¡Gracias!”.

Noisette5Baja

Tomada de gastronomiaenvenezuela.com

“Descanso”

Ya era mediodía y en Noisette nos vieron con extrañeza porque sólo pedimos bebidas.

–          ¿Te sientes bien? ¿Te puso nerviosa el camión? –inquirió D.

–          Bien. Con tanta adrenalina no voy a parar –o algo parecido contesté.

–          Quise venir porque aquí comenzamos, en mayo, unas tertulias donde expusimos nuestros planteamientos de usar la bici por ser más rápida, económica y ecológica –resumió Ramírez.

Al rato, arrancamos por el mismo sendero. Deambulando por “la Rómulo”, Daniel me fue formando en el asunto del uso de las velocidades de “mi” montañera. Aprendí que en las cuestas hay que colocar la palanquita de la derecha (la orden fue no tocar la de la izquierda) en 1 ó 2 pues 3, 4 y hasta 5 son para terrenos planos y 6 y 7 para bajadas.

–          Tranquila, que yo te voy a ir diciendo. Lo ideal es ir cambiando hasta el punto en el que te sientas cómoda.

–          Ujum

–          ¿Ves? Esto es lo que te comentaba de la ciclovía de Chacao: nadie la respeta y, aparte, sólo existe en ciertos lugares del municipio, los más “recreacionales” –explicó en la travesía por la 4ta avenida de Los Palos Grandes, haciendo gala de sus estudios en Urbanismo.

En efecto, tuvimos que sortear una fila de sedanes estacionados sobre el muñequito de palitos blanco con dos círculos y lo peor fue que, tras valernos de la 3ra transversal para arribar al Celarg, el canal que nos correspondía se esfumó.

–          ¿Y entonces? ¿La cargo en el hombro?

ciclovia

Merequetengue I

            Avanzamos por La Castellana y nos detuvimos detrás de Corp Banca; 10 minutos y Patrick nada que llegaba en su taxi. “Es que esto es más rápido. El otro día salí a las 3:30 p.m. con el bus de la universidad y entré a mi casa a las 6:30 p.m. Con la bici me echo 40 minutos”, ejemplificó este joven de 25 años y me hizo recordar que el promedio de velocidad de los automotores en esta ciudad es de 15 Km./h según el Colegio de Ingenieros de Venezuela.

Cuando el hombre de la cámara por fin apareció con su “chamo, es que nos agarró cola”,  subimos a buscar una constancia en la avenida Mohedano. A estas alturas mi pantalón ya estaba ne-gro y, como Murphy no falla, los jefes de mi antiguo trabajo surgieron de la nada.

Viajamos hacia el Country Club y enlazamos con El Bosque.

–          Pendiente porque vamos a la Libertador pero por arriba. “Relajao”.

“Sí, claro”, pensé. Sin embargo, la cosa no resultó tan ruda y mi reflexión fue que mi look de “jevita”, con vehículo, casco y blusa en el mismo azul, ayudó a que nos dieran paso y que hasta más de una señora nos escoltara por un rato.

–          A la izquierda, que tenemos que bajar hacia Plaza Venezuela.

“¿Y las reglas, pues?”, volví a meditar mientras un camión que volaba a 100 Km./h me hizo esperar, como palito e’ gallinero.

Con el corazón acelerado bajé hasta contemplar la fuente. Un motorizado me contemplaba a mí.

–          Cuidado, que hay mucho loco por ahí.

–          No, la chama le da –me defendió D.

–          Y estoy debutaaando…

Tomada de mimoslibertador.blogspot.com

Tomada de mimoslibertador.blogspot.com

Merequetengue II

            Atravesar hacia el centro por el parque Los Caobos fue muy divertido. A medida que subíamos las rampas, Daniel me impulsaba:

–          Ahora pon dos. ¡Dale, dale!

Y yo pedaleaba durísimo, con el alma. En la plaza Los Museos nos recibió Patrick.

–          Yo creí que tú no ibas a llegar ni al Millenium –sonrío, antes de empezar con sus clics.

Cundían el hambre y la sed, no obstante, había que seguir hasta alcanzar la meta trazada. Arrancamos por la avenida México, con el semáforo del hotel Alba dañado y con su hilera de buses imprudentes.

–          Déjeme pasar que yo también tengo derecho –le espetó Daniel, con el brazo en alto, a un chofer que le frenaba la furgón en la frente.

Él lo logró, yo me retrasé  –“recuerda, de lejos con las camioneticas”-. Penetramos en la avenida Universidad y en el semáforo en rojo del Banco Caroní fue mi turno de enfrentarme: Un mototaxista se paró detrás, yo defendí mi posición y él zigzagueó hasta quedar a mi lado. Con el manubrio, me empujó hacia la derecha.

–          “Relajao”, que no sucedió nada –me apaciguó mi profesor.

–          …. –titubeé al pedalear.

En la avenida Sur giramos hacia El Ávila hasta toparnos con la Plaza Bolívar.

–          Aquí no pueden entrar con la bicicleta –nos increparon tres policías y un guardia.

–          Ya nos bajamos, somos peatones –aseveró el defensor de la causa.

A las 3:30 p.m. estacionamos frente al Café París y amarramos nuestras naves a un poste con una cadena de combinación, “el implemento más importante de un ciclista urbano”, reiteró Daniel.

Tomada de gdc.gob.ve

Tomada de gdc.gob.ve

El detallazo

“Bueno, mira, la bici no cupo en el taxi. Regreso como me vine”, le canté, al final del almuerzo, al incansable voluntario del movimiento que organiza los ciclo-paseos nocturnos Masa Crítica.

Esta vez, la ruta fue distinta. Hora de pico, parte interna de La Candelaria y la avenida oeste 2 nos dirigió hasta el bulevar Amador Bendayán, el elevado de Plaza Venezuela y la avenida Casanova. Olas de gente, run-runes apurados y más de un abusador aullando: “¡Mami! ¡Dame la cola!”.

Bájate de la bici en Sabana Grande, vuélvete a encaramar en Chacaíto, con cuidadito por Las Mercedes porque corren como desaforados y rumbo a El Cafetal.

Ya en la subida hacia el Eurobuilding la cuestión de las velocidades se desvaneció en mi cerebro y mientras Daniel les sacaba la mano a los conductores que anhelaban tragarse la luz verde, yo casi claudicaba.

Adelantamos hasta el bulevar y, en la colina hacia mi casa, sucumbí.

–          ¡Tú puedes! Ponla en dos.

Me reanimé y rodé una cuadra. Una.

Tras haberme trasladado a mí misma a lo largo de 25 kilómetros por una Caracas convulsa, los 330 metros que me separaban de mi ducha fueron imposibles de superar.

Daniel se rió, nos despedimos y el volvió a montar. Rumbo: Chacaíto y más allá.

Agradecimientos:

María E. Alemán, por prestarme la bici

@Naldoxx por armarla

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