Creatividad contra la enfermedad: Mi pasatiempo para vivir

+ Ansiedad, desasosiego, rabia, empuje, negación, coraje y miles de sentimientos más son capaces de aglomerarse en una sola alma, cuando recibe una mamografía con un signo de +. Salir airoso de la situación implica cuidados físicos pero también emocionales y recurrir a actividades que alejan la mente del padecimiento, aunque sea por segundos, es crucial para mejorar

(Texto aparecido en la revista Dominical de Últimas Noticias en octubre de 2011)

–          Ok, doctor, ¿qué tengo que hacer para salir de esto?

Para muchos ésa es la primera reacción, ante el anuncio de que un adenocarcinoma se ha desarrollado en sus glándulas mamarias.

Si bien hay quienes sufren de depresión como consecuencia de “la noticia”, sólo 1 de cada 4 personas cae en la tristeza profunda, según afirman Marisol Pocino y Marianela Castés en Psiconeuroinmunología: la IV herramienta en la lucha contra el cáncer dentro de un enfoque integral (2002). El estrés, en cambio, sí es común en la mayoría de los pacientes con este padecimiento, añaden las fundadoras de la Sociedad Venezolana de Psiconeuroinmunología, pues las dudas sobre el tratamiento y sobre sus secuelas, la hospitalización, las intervenciones más sus efectos y la posibilidad de reincidencia hacen que el individuo se sienta en una situación amenazante.

El problema es que ese estrés crónico o mal llevado, junto con otros sentimientos negativos, puede provocar “respuestas fisiológicas que conducen al crecimiento del cáncer”, sostiene el estudio antes citado. Por tal motivo, es importante reducirlo al máximo y mantener una actitud de lucha para apoyar el proceso de recuperación. ¿Cómo lograrlo? Valiéndose del apoyo psicosocial y familiar, del mantenimiento de una rutina “regular” e incluso experimentando o retomando actividades que contribuyan a alejar los pensamientos de la enfermedad.

Tres mujeres y un caballero cuentan cómo encontraron, en distintos ámbitos, las “terapias alternativas” que les ayudaron a afrontar el diagnóstico y a llevar con orgullo el Lazo Rosado.

Cáncer de mama

 

Eva Ekvall, 28 años

Letras para observar(se) 

“Quería hacer lo necesario para resolver eso y rápido”, dice, sin demasiado énfasis, Eva Ekvall.

La Miss Venezuela 2000 les entregó a los médicos la responsabilidad de curarla, si bien ella no dejó de poner de su parte asumiendo una alimentación más sana y reposando en los momentos en los que era obligatorio hacerlo. Pero Eva no dejó de trabajar y quizás hasta empezó a trabajar más, tan pronto se iban aliviando los malestares entre una quimioterapia o radioterapia y otra. “Junto con SenosAyuda comencé a regar la voz con respecto al cáncer y a la importancia del diagnóstico precoz”, señala, quien ahora es vocera certificada de la organización.

Además de sus deberes familiares, sus nuevas responsabilidades educativas se convirtieron en los primeros incentivos para descartar, de plano, cualquier tentativa de postrarse en una cama. Gracias a ellas también descubrió esa actividad que la ayudó a drenar emociones, durante 10 meses, en medio de su tratamiento. “Estaba haciendo una sesión para una campaña y Roberto Mata, el fotógrafo, me propuso documentar todo el proceso. Más adelante, ya después de la operación, se me ocurrió redactar textos para cada foto”, recuerda.

Viéndose en esas imágenes, con su hija, con su casa, con los suyos y cambiada mes a mes, Ekvall sintió la necesidad de entender eso que estaba pasándole y la mejor manera de explicárselo a sí misma y a otros fue a través de la escritura; la propia y la de sus allegados: “Mi mamá, mi papá, mi hermana, mi esposo hablaron acerca de cómo se sintieron y cómo me vieron y me ven. Sin embargo, en ese momento, yo interpreté que eso no era conmigo, me miraba en el espejo y no sentía nada, era yo pasando por eso y punto. Me despegué por completo”, refiere.

Así, casi en un ejercicio periodístico de contar el testimonio de otro, la hoy narradora de noticias de Televén supo de qué era capaz y desarrolló una enorme seguridad, que fue definitiva en su camino para sanar. “Si tú te crees que estás enferma, te vas a paralizar y las mujeres tenemos que estar activas siempre”, sostiene.

Sin que ella se lo esperara, su catarsis “sin victimización ni aires de heroísmo” despertó el interés de una editorial y terminó dándole un año 2010 que ella describe como “muy duro y espectacular”.

Libro

Libro

Irma Castell, 48 años

Hilar soportes  

“Cuando el doctor me dijo que encontró un carcinoma lobulillar infiltrante, me quedé en blanco hasta el día siguiente”, cuenta Irma Castell, quien hace dos años entró en un quirófano por un quiste de apariencia benigna que no resultó tal.

Dos operaciones y cuatro sesiones de quimioterapia la hicieron perder uñas, cejas, melena… “pero no la sonrisa”, asegura y agrega que se llenó de aceptación y se enfocó en curarse. Para lograrlo, puso su cotidianidad en cámara lenta, se llenó de paciencia y aceptó recibir los tratamientos por el tiempo que fuera necesario.

Para no aburrirse en las largas esperas, Castell retomó las agujas y los hilos que su mamá le había enseñado a hilvanar hacía más de tres décadas. Terminadas sus terapias, la antigua analista de personal del Ministerio de la Defensa se dio cuenta de que no iba a dejar la labor nunca más. “Esto me ayudó a centrarme, a estar más alerta y saber retirarme un poco del problema para poder enfocarlo desde afuera. Me relajo tanto que lo hago por horas y ni me doy cuenta”, confiesa.

Además de los beneficios internos, el zurcido le sirvió de herramienta para hacer más efectivas las charlas que también comenzó a dar, junto con SenoSalud, en la unidad de Psico-oncología del Hospital Padre Machado. “Por lo general me le siento al lado a alguien que tiene la cara muy triste y cuando la persona ve lo que estoy ejecutando, le explico que lo hacemos en Terapia Ocupacional y que es algo que nos ayuda con nuestro crecimiento. Si quiere mi experiencia se la doy y si no, simplemente me quedo con el tejido y le enseño a hacer un puntico para que se motive, la invito a que nos acompañe y le muestro lo que ya tengo listo, para que vean que podemos fabricar cosas bonitas que, incluso, nos pueden llevar a percibir dinero”, explica.

En la actualidad esta contadora pública, que descubrió que puede hacer más que “echar números”, se reúne jueves y viernes en ese mismo espacio con otras 25 compañeras con las que intercambia vivencias, mientras confeccionan cintillos, lazos, bufandas y trajes de baño. “Enfrentando la vida desde otro punto de vista conseguí la firmeza para apoyar, desde mi conocimiento, a quienes están pasando por lo mismo”, concluye.

Foto: Revista Dominical

Foto: Revista Dominical

Freddy Olmos, 60 años

Excursiones liberadoras 

Deportista desde siempre, fue justamente al llegar a la meta de un maratón cuando un dolor intenso le reveló que había pasado a formar parte de una estadística creciente; esa que indica que 1% de los casos de cáncer de mama se da en  hombres.

“Vamos a hacer lo que haya que hacer”, exclamó apenas vio los resultados de la punción que le hicieron o, como escribió en el sitio Web de SenosAyuda: “Encuentren la cura antes de que yo desarrolle tetas”. Y se la consiguieron.

Tras una mastectomía radical, Olmos inició 45 sesiones de radioterapia. No obstante, durante ese período, él no se quedó tranquilo, continuó ejerciendo su oficio de administrador comercial y además no abandonó las caminatas que cada 15 días, y desde hacía tres años, hacía (y hace) con el grupo Caracas Hash House Harriers.

Y aún hay más. Impulsado por un amigo, este abuelito se apasionó por una actividad que jamás había intentado. “Me operé en noviembre y en febrero hice mi primer camping en Morrocoy. Los médicos me regañaron porque estaba en plenas radiaciones”, suelta con picardía.

Desde entonces, a Freddy se le despertó la vena boy scout y esa misma Semana Santa escaló el dificilísimo tepuy Roraima. “Era la primera vez que iba a la Gran Sabana y lo hice por la puerta grande: con cinco días de caminata. Ese septiembre me invitaron a Moscú y estuve un mes en Europa. Al siguiente año nos fuimos a Los Nevados en Mérida: tres días de caminata; luego subimos al Auyantepuy y fueron tres días; este año fuimos de La Paragua a Canaima: cinco días más caminando”, enumera.

En vista de que él nunca sintió nada como consecuencia del tumor, asumió que no había razón para detenerse ante ese nuevo mundo que se le estaba manifestando. “Y fue bueno para mis hijos que yo me mantuviera con una actitud positiva porque, una semana después de mí, a mi esposa le detectaron otro cáncer y ella murió a los 14 meses”, reflexiona.

Para su propia salud también fue fundamental ese derroche de endorfinas. “Si no haces actividades, empiezas a pensar negativamente y eso te afecta muchísimo más”, opina para finalizar.

Foto: Revista Dominical

Foto: Revista Dominical

Abby Becerra, 43 años

Yoga para reír 

            “Yo venía de una depresión muy fuerte por la muerte de mi hermano y cuando vi que en la biopsia decía ‘carcinoma mucinoso’ supe que era un daño que me había hecho yo misma, aunque los médicos abogaran más por la causa genética”, afirma Abby Becerra, quien en aquel entonces acababa de volver a la universidad a estudiar Psicología.

Las ganas de seguir compartiendo con sus dos hijos y con su esposo fueron los primeros alicientes para mantener los ánimos en alto; el ambiente universitario, sus compañeros deseosos de superarse y las herramientas que le daba la carrera misma significaron un segundo impulso.

Siendo una mujer extremadamente lógica, y teniendo en cuenta la que sería su nueva profesión, Abby fue paso a paso analizando cada síntoma y cada reacción que tenía. En medio de esos auto-exámenes, conoció la Psiconeuroinmunología y luego se adentró en la Risoterapia. “Me llamó la atención porque lo que busca es que las endorfinas y la dopamina se mantengan altas y supriman los niveles de cortisol en tu organismo”, justifica.

Investigando sobre la materia descubrió también el Yoga de la Risa y, considerando que combina la disciplina de la relajación por excelencia y la alegría, viajó de inmediato a Bogotá a obtener su certificación. “Y desde hace un año damos sesiones gratis, todos los sábados, en el parque Esequibo”, detalla la barquisimetana.

Contrario a lo que se pudiera pensar, las clases no consisten en desternillarse mientras se hace un complicado “perro dos”. Según Becerra, la práctica lleva ese nombre porque se usan las respiraciones pránicas, acompañadas de acciones para carcajearse. “Lo que se busca es la risa incondicional, que no venga de un estímulo externo (como un chiste) y eso se logra con ejercicios especiales que te llevan a anular cualquier tipo de pensamiento y a conectarte con tu niño interno”, aclara.

Ese trabajo de 40 minutos semanales ha sido muy beneficioso para ella y para las 57 personas que sumó a su causa. “Es lo máximo porque fortaleces tu sistema inmunológico y mejoras tu calidad de vida, en vista de que bajas los niveles de ansiedad y tienes apertura para solucionar los problemas desde otro punto de vista”, culmina.

Foto: Yoga de la risa

Foto: Yoga de la risa

 

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