Saga Edición 40 Aniversario. Caída del Muro de Berlín: Mandarria contra la división

(Texto publicado en la revista Dominical del diario Últimas Noticias en su edición 40 Aniversario el 18 de agosto de 2010)

Coordenadas:

  • Valla de 45 kilómetros de largo y 5 metros de alto que separó a Berlín en dos flancos. Se extendía por 121 kilómetros más en distintos sectores de la urbe.
  • Fue construida en agosto de 1961, en medio de la Guerra Fría, por orden de las autoridades comunistas de la República Democrática Alemana (RDA).
  • El objetivo era evitar la fuga de cerebros y mano de obra hacia la capitalista República Federal Alemana. En una década, la emigración fue de 2 millones de personas.
  • Fue llamado “Muro de la Protección Antifacista” por un bando y estaba rodeado de minas, alambres de púas y soldados con metralletas. La otra facción lo denominó “El Muro de la Vergüenza” y la gente se acercaba a rayarlo.
  • Casi 300 personas fallecieron en sus intentos de saltarlo de este a oeste.
  • Comenzó a ser derrumbado la noche del 9 de noviembre de 1989, tras el éxodo multitudinario de ciudadanos por embajadas adscritas al Pacto de Varsovia o por el límite autro-húngaro y las crecientes manifestaciones contra el gobierno marxista. 

    Autorretrato Jorge Andrés Castillo

     

    Jorge Castillo:

    Fotógrafo y profesor venezolano. Ha trabajado en el diario El Nacional y en las revistas Exceso, El Librero y Podium. Sus fotos escoltaron la postulación de la UCV como patrimonio cultural ante la Unesco. Hizo su especialización en Diseño de la Comunicación en la Universidad de Essen, Alemania.

    “Yo estaba estudiando allá desde 1986 y en las aulas siempre se discutía lo que aparecía en las noticias, cuya atención estaba focalizada en el Muro y su posible caída.

    En abril del 89, yo viajé a Berlín para fotografiarla con un grupo de compañeros; por ser el único latinoamericano, logré cruzar del otro lado de la pared y pude registrar la estética socialista. Sentí temor, porque el trato fue vejatorio y debía retornar antes de las 12:00 a.m., sin embargo, aproveché el tiempo al máximo y fue como ir al pasado en fracción de segundos: Estaciones cerradas y con años de polvo acumulado, fachadas, vitrinas, bancos y postes exactos a los de hacía 30 años, no había ningún tipo de bolsa o paquete con insignias, carreteras sin señalización, personas con movimientos muy lentos, en fin.

    Por supuesto, en el área oriental no te podías aproximar a la barrera, en cambio, en el extremo occidental era un lienzo para el que quisiera pintarlo; yo mismo escribí.

    Cuando empezó el derribo de la muralla, si bien poco antes Hungría había abierto un borde del sur y ya había indicios desde la Perestroika y el Glásnot de Gorbachov, nos tomó por sorpresa. Yo ya había regresado a Essen, que era donde vivía, y recuerdo que eso fue en la noche y yo estaba en el cuarto oscuro de la facultad y tenía un radio; apenas el narrador dijo: ‘en este momento se abrió la frontera con Alemania Democrática y la gente está saliendo libremente’, me fui al bar donde nos reuníamos y estaban mis amigos pegados del televisor. Como las clases fueron suspendidas, decidimos irnos para allá en dos días.

    Al llegar, nos tocó dejar el auto en las afueras y tomar el metro hacia el centro. Las calles estaban abarrotadas, tuvieron que doblar el número de trenes y autobuses, sacar a los guardias, había ventas ambulantes, tiendas, librerías, bares, panaderías que no cerraban y que les daban café o pizzas gratis a los que venían de la parte oriental, era como un Carnaval de Brasil que se extendió por una semana.

    Ellos no son muy físicos, pero había demasiada alegría y los que pasaban por los huecos o por el Checkpoint Charlie eran recibidos en las casas ajenas, aunque fueran desconocidos o eran relaciones al estilo: ‘mi papá jugó con el tuyo en el colegio y tengo noción de ti’.

    Había sujetos de cientos de países, permanecían despiertos durante la madrugada bebiendo cerveza, maíz, licores para el frío, prendían fogatas y ponían música, había una señora que traía un juego de mandarrias y te prestaba una para que tú le dieras, rayaban, se llevaban los pedazos de tapia. Pese a que había bandas neonazis, que rechazaban la entrada de los del ost, nunca hubo agresiones ni un solo disparo.

    Es más, una de las cosas más curiosas fue el papel de ambas policías: se tornaron pasivas y los agentes del este se desabotonaron las chaquetas para dar a entender que no estaban en servicio y también atravesaban para mirar.

    Todos los que venían de la RDA estaban asombrados, familias enteras arribaban a pie o en sus Trabant y se paraban frente las estanterías, observaban los carros, las ofertas en los supermercados, la diversificación de productos, no concebían que existieran los discman y les causaban enorme curiosidad las sex-shops. De ellos, me impactó mucho su estampa: no tenían pelos largos, ni piercings, sus vestimentas eran de colores y textiles que yo jamás había vistos, los bolsos, zapatos, relojes y hasta las monturas de los lentes eran inconfundibles, te indicaban que venían del otro polo de la ciudad. Su lenguaje también era como más rígido y pausado, sin palabras occidentales.

    En una semana se restableció la normalidad, no obstante, yo volví en diciembre y seguía el furor. Lo que es indudable es que, de ahí en adelante, nada fue igual: la economía se endureció, los puestos de trabajo y la vivienda fueron copados, los alimentos aumentaron, los servicios colapsaron, pero las dificultades se superaron y, hoy por hoy, yo creo que Berlín podría ser la capital del mundo”.

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