Los Woodstocks de allá, acá, ayer y hoy

(Texto publicado en la Revista Dominical del diario Últimas Noticias en agosto de 2009, con motivo del 40 aniversario del festival)

Hace poco se rumoró que el festival de música y arte que marcó un hito en la cultura norteamericana y, posteriormente, en el ámbito global tendría otra reedición con algunas de sus estrellas originales. Si bien la crisis financiera detuvo la iniciativa, los buenos-viejos recuerdos ya habían comenzado a aflorar en quienes vivieron el evento original. Sus testigos criollos, de cerca o a larga distancia, no podían quedarse atrás y ellos rememoran a instancias de Dominical

Afiche de Woodstock

Bethel, Nueva York, EUA

18 dólares costaba la entrada para disfrutar un solo día; 94 dólares era el precio del abono para quedarse tres; tener ganas de escuchar cánticos en una comuna silvestre y monumental, donde el sexo, el amor y las drogas eran libres, bastó al final para ingresar de forma gratuita y permanecer con ese recuerdo hasta la eternidad.

El suceso se llamó Woodstock en homenaje a una villa ubicada a unos 160 Km. de Manhattan, la cual se había convertido en residencia de grandes artistas de esa era, como Bob Dylan. En principio, allí debía llevarse a cabo el festival.

Pero, como se diría en la época, tras numerosos inconvenientes, el universo conspiró para que se ejecutara en un sitio mejor: una granja de 240 hectáreas en la vecina localidad de Bethel, con una montañita ideal para colocar el escenario y un hermoso lago rodeado de verdor.

El 14 de agosto de 1969, a 24 horas de que se iniciara formalmente la feria de arte y música, ya se habían instalado en sus carpas, vans o al aire libre unas 25.000 personas. Durante las tres jornadas que siguieron, la cifra aumentó a casi 500.000 almas, entre antibelicistas y exveteranos de la guerra; militantes negros y blancos; homosexuales y homofóbicos; partidarios y detractores de la legalización de las drogas; individuos pro y anti gobierno; cristianos, judíos, hare krishnas; locales y extranjeros; vegetarianos y carnívoros. Todos juntos compartieron un mismo espacio, un mismo tiempo, una misma comida, unas mismas condiciones sanitarias y de seguridad y, por supuesto, los mismos célebres 32 conciertos de las mejores bandas del momento.

Si bien la abundancia y el consumo expedito de narcóticos, más otros percances, han empañado con los años los repasos y análisis que se han hecho de la mayor congregación del rock y el folk organizada hasta entonces, es indudable que el haber arropado a tal multitud bajo un manto de armonía sigue siendo un suceso a considerar.

Y, ¿quién mejor que sus propios testigos para referir el transcurso de la histórica asamblea hippie? Dos venezolanos estuvieron allá; dos venezolanos que nunca se vieron ni se toparon; dos venezolanos a quienes los separaba una década de edad, pero quienes tuvieron el mismo impulso de ir observar y participar de lo que ahora llaman “ese bacanal”.

Jimmy Hendrix en Woodstock

Luis Alfonso Cornieles y su “travesura” contracultural

Cuando las informaciones empezaron a circular en la prensa, Luis Alfonso era un niño de 10 años que vivía con una tía en el cercano estado de Virginia.

Apenas tenía 12 meses de haber sido enviado a estudiar allá, pero ya había hecho una gran amistad con Glen Barker, un compañero de la escuela. Barker, como muchos infantes en ese período, andaba casi por cuenta propia pues su madre había abandonado el hogar y su padre fue llamado a combatir en Vietnam. Así que, cuando decidió ir a curiosear eso que se anunciaba como “una exposición acuariana” y arrastró con él a su camarada, nadie se opuso ni le preguntó nada. Cornieles, por su parte, sólo dijo que iba a pasar el fin de semana en la residencia de su pana.

Tomaron un autobús. Luego de más de ocho horas de recorrido, la noche del sábado 16 de agosto llegaron al área identificada como White Lake. No tenían dinero para costear el ticket de ingreso, así que en cuanto vieron un trozo de cerca caído, como muchos otros, por allí se metieron. Al pasar, el caraqueño lo primero que hizo fue amarrarle una cinta roja al primer árbol que vieron, el cual les indicaría posteriormente la salida.

Una bolsa de dormir les sirvió de morada, durante las dos veladas que permanecieron en el húmedo pantanal. Tampoco llevaron alimentos, pero nunca pasaron hambre: “Caminábamos y decíamos que mi familia estaba por allá y nos ofrecían hamburguesas gratis; nosotros ni sabíamos si estaban ‘aliñadas’ porque ¿qué iba a estar pensando en eso un chamito?”, relata quien a la postre ejercería como DJ, aunque reconoce que lo normal era ver personas inyectándose, fumando y oliendo estupefacientes.

La mañana del domingo, los chicos se dedicaron a pasear entre camionetas, parejas bajo sábanas, improvisadas tiendas de artesanías, grupos que hacían yoga y, entre una cosa y otra, se toparon con algunas sorpresas: “Yo vi hasta partos en las combi”, reseña el aventurero.

No obstante, a eso de las dos de la tarde, todo lo que había en el ambiente se detuvo. Las moscas no volaban, casi nadie hablaba. Joe Cocker se acaba de subir a la tarima y tocaba “Delta Lady”. Cuando culminó, una fuerte tormenta hizo suspender el programa hasta las seis y fue a la medianoche cuando ellos pudieron ver a uno de sus conjuntos favoritos: Sangre, Sudor y Lágrimas.

Siguió una larga vigilia de interpretaciones continuas hasta que, a las 9:00 a.m.  del lunes, se presentó la atracción más anhelada: Jimi Hendrix. Durante 120 minutos, el guitarrista reunió frente a sí a medio millón de vidas y entre ellas estaban dos pequeños, uno latino y otro norteamericano, que huyeron de casa con la  sola esperanza de contemplarlo y lo lograron. “Me acuerdo de su vestimenta blanca y azul, su improvisación del himno de Estados Unidos y cuando terminó tocando con los dientes. ¡Uuu! La gente se volvía loca” (risas).

Rolando Peña y sus túnicas con acceso ilimitado

Rolando Peña

Tal como ocurrió con el caso antepuesto, el mejor guitarrista de todos los tiempos fue el motivo para asistir a la exhibición. Sin embargo, para Rolando Peña el contexto era otro. “Yo había conocido a Hendrix a comienzos de los sesenta y en esa temporada salíamos mucho a echar vaina. En una ocasión, él me dijo que se estaba preparando un espectáculo que podía ser interesante, que fuéramos y así lo hicimos. Llegamos con él y nos quedamos desde unos días antes en una mansión con piscina, que tenía por ahí una muchacha que andaba para arriba y para abajo con nosotros”, detalla el artista plástico.

Por surrealista que suene, este criollo tenía contactos con muchos de los ricos y famosos de turno pues su rebeldía adolescente lo había llevado a mudarse a la Gran Manzana en 1965, ciudad que deambulaba luciendo capas y sombreros de ala, al mejor estilo de drácula. Ese atuendo le valió el apelativo de El Príncipe Negro y le prodigó centimetraje en los diarios neoyorquinos, curiosos de las actividades de este impulsor de los happenings y de su Fundación para la Totalidad.

Con ese colectivo de vanguardia hispanoamericana, que trabajaba mano a mano con Andy Warhol, Timothy Leary y otras grandes figuras de la movida cultural, Peña se trasladó a los predios del condado de Sullivan, a donde entraron con unos carnés de cineastas, unas cámaras de 16 mm para hacer un documental -que en “la loquera” de esa fase se perdió- y con el aval del virtuoso de las cuerdas. Una vez que se inició todo, dejaron su lujoso aposento y se mudaron a la intemperie. “Nos metimos en el desmadre y por ahí nos quedamos incluso después de que terminó”.

Pero en ese desboque en el que se dio “cierto orden natural”, tuvieron lugar momentos brillantes que, en medio de las ácidas alucinaciones, la memoria atesora con aires de misticismo. “Primero estuvo Richie Havens, pero después vino el maestro Satchidananda y él hizo una invocación espiritual, en la que entonaba sones hindúes, y puso a meditar a toda esa audiencia en silencio”.

El creador cuenta que muchas cosas se sucedían simultáneamente, por lo que a veces repasarlas puede ser confuso. Sin embargo, cada día hubo puntos álgidos que sobresalieron por encima de los demás: “Ravi Shankar y Joan Baez al final del viernes; después Santana y Janis Joplin, que eran amigos personales de nosotros; por supuesto que Jefferson Airplane, Joe Cocker y Hendrix. Pero yo creo que lo más importante era las sensaciones que uno recibía diariamente con toda esa gente. Había un sentimiento de hermandad y sabíamos que si uno se hundía, nos hundíamos todos”.

Gracias a esa emoción común, sostiene el bohemio, las precarias condiciones sanitarias poco parecían importar, al igual que las “diligencias” usuales de la cotidianidad. “A duras penas comíamos y tampoco se dormía, aunque sí se hacía mucho el amor”, concluye entre risas.

Los Woodstocks caraqueños

Disco de la Experiencia Psicotomimética (foto de Wikipedia)

Antes de:

1967: El locutor y entonces impulsor de la psicodelia, Cappy Donzella, organizaba Las Mermeladas, eventos que reunían cada sábado en el Teatro Caracas a las mejores bandas de rock del momento: los 007, Los Darts, Los Memphis, entre otros.

1967: En contraposición a lo que hacía Donzella, cuenta el instrumentista y productor Jorge Spitteri, “había en Chacao Las Zanahorias, para los que no andábamos en la onda de fumar ni nada de eso. Ahí tocó mi grupo de entonces, The Nasty Pillows, y estuvieron Roberto Rimero, Ilán Chester, Iván Marcano, Jesús Chinchilla y Pablo Manavello”.

1968: Primera Experiencia Psicotomimética: el maestro Jesús Pérez Perazo y Cappy Donzella instalaron este evento en el Teatro Caracas, en el cual se conjugaba la música de Carlos Moreán, Los Memphis, Los Bonnevilles, Trino Mora, Love Depression y Orquesta Venezuela Pop con los efectos audiovisuales creados por los artistas plásticos Los Cerebros Elásticos. La gradería se desbordó. Existe un LP grabado en el que se escucha la voz de Donzella: “Verde 68, amarillo 14, azulblanco 19… Probando… En este momento nos hemos apoderado de sus mentes… van ustedes a vivir una experiencia psicotomimética”.

Comienzos de 1969: Segunda Experiencia Psicotomimética: participaron en el Aula Magna de la UCV The Nasty Pillows, Los Snobs, Wendy y Wolfang Vivas, entre otros. Asistieron más unas 3000 personas y, en el zaperoco, rompieron tres puertas. La FCU también saboteó el evento.

Durante:

15, 16, 17 y 18 de agosto de 1969: A lo Orson Wells: al locutor Alfredo Escalante, quien inició ese viernes su programa “Happening 70”, se le ocurrió la idea de recrear en ambiente de la feria de arte y música. “Por Telex nos llegó la lista de los artistas que iban a estar, teníamos los discos y con efectos de sonido de aplausos recreamos todo lo que nos imaginábamos que pasaba allá. Inventamos tanto que todavía muchas personas me preguntan cómo fue lo de Woodstock, creyendo que yo estuve allí”.

Después de:

Entre 1970 y 1972:

Festival de la Canción Rock en Venezuela o Festival de las Flores. Se llevó a cabo en la concha acústica del Parque del Este. Se dice que reunió a unas 5000 personas por invitación de Cappy Donzella y se presentaron Gas Light, Los Rangers, Worst Emotions, Tsee Mud y Sky White Meditations. “Yo lo hice porque  estaba viviendo un conflicto sentimental en aquel momento, por esa persona que actualmente es mi esposa, y entonces hubo una motivación romántica que fue trasladada a un evento grandísimo, pero ésa era la fuerza que me movía y por supuesto el amor tan grande que sentía yo por todas aquellas personas que me seguían y me apoyaban con mi programa Hippie Happy Cappy. Allí decía: ‘valor de la entrada? Una flor’. Por supuesto que todos los jardines de La Castellana, Los Palos Grandes, Altamira, etc., quedaron pelados, ¡eso fue genial!”.

Iván Loscher añade: “Yo estaba como locutor invitado y a eso de las 6:00 de la tarde vi, desde la tarima, a una muchacha sobre los hombros de su novio que se quitó la camisa. En seguida la Guardia Nacional empezó a disparar al aire. Hasta ahí llegó todo”.

Festival de Los Cocos: Se hizo poco después del anterior en la playa que separaba los hoteles Sheraton y Meliá en Caraballeda. La idea era hacer un “Woodstock Tropical”, sostiene Chile Veloz, integrante de Medio Evo. Sin embargo, la falta de permisos y de electricidad convirtieron la iniciativa en una multitudinaria pernocta playera donde la gente “se quedó cantando o fumando; las cosas propias de ese momento”, concluye Loscher.



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