La ciudad fue mi escenario

(Texto publicado en la Revista Dominical del diario Últimas Noticias el 5 de julio de 2009)

Como todo ya está inventado, no podíamos asumir el crédito de creernos ultra-geniales y decir que concebimos la idea súper original de descontextualizar a los famosos, sólo con el ánimo de ver qué pasa.

Para ser sinceros, nos estamos copiando de un reportaje memorable que apareció hace un par de años en la revista del Washington Post, bajo la firma de Gene Weingarten, y en el cual se narraba lo sucedido a la hora pico de una mañana de enero cuando, a instancias de esa publicación, el virtuosísimo violinista Joshua Bell aceptó tocar su Stradivarius ataviado con un suéter, unos jeans y una gorra, en la estación de metro adyacente a las instituciones del Estado norteamericano.

¿El resultado? A pesar de que su trabajo está valorado en 1000 dólares por minuto, en esa oportunidad tocó durante 43 y apenas logró recaudar 32,17 dólares, no obtuvo ningún aplauso y de 1097 almas que pasaron a su lado, siete se detuvieron a escucharlo un rato y sólo una lo reconoció.

Contrario a lo que pudiera pensarse, el experimento no tenía por objeto bajarle la autoestima a quien ha sido concertino de las mejores orquestas del planeta. El propósito era examinar si en el apuro del día a día, el ciudadano común es capaz de apreciar la belleza de un arte ejecutado con maestría, independientemente de que el entorno y el momento no fueran los más adecuados.

Un dato interesante que aparece en el mencionado artículo, es la opinión de una brasileña que decía: “Si algo como esto pasara en mi país, todo el mundo se pararía a ver. Aquí no”.

Y, ¿qué tal si una cuestión así sucediera en Caracas? ¿Qué cree usted que ocurriría? Nosotros nos hicimos la misma pregunta, se la presentamos a varias celebridades locales y, además, le dimos un toque criollo al ensayo: en lugar de una sola figura maravillosa pero poco cercana, escogimos varios rostros familiares y nos adentramos, con ellos y su talento, en la urbe. Lo que aconteció, no es de extrañar.

Elba Escobar

Engañando a las tablas

 

Fue el viernes 5 de junio. La diva del cine y la TV venezolana pasó desapercibida cuando, a las 4:15 de la tarde, atravesó la Plaza Bolívar de Chacao vestida de negro, con el cabello recogido y unos lentes de sol.

No sentía miedo escénico, sino esas cosquillitas en el estómago que da el hecho de no saber con qué se va a encontrar. Elba Escobar debió analizar con cuidado el ambiente que la rodeaba y, al rato, tomó una respiración profunda y se lanzó al ruedo en la concurrida esquina sur-oeste de la explanada.

“¡Atención, atención! Hola, buenas tardes. Voy a hacer un monólogo que estoy presentando en la Casa Rómulo Gallegos, que se llama Mi marido es un cornudo, para el que ya no se consiguen entradas pero que se los ofrezco gratis hoy. Sin embargo, cualquier colaboración en el sombrerito es bienvenida”, sentenció y apoyó el gorro gris sobre una roca.

Inhaló una vez más con intensidad y soltó, con aires de periodista: “Les digo el titular de una vez: las mujeres montan el cacho parejo… bueno, mejor dicho, montamos el cacho parejo”. Tan pronto expuso esta primera línea, varias señoras se le aproximaron y se sentaron en las gradas aledañas; las que ya estaban allí, levantaron la cabeza para observar; y una niña con pinta de pre-adolescente se asomó por detrás de una jardinera.

El único hombre que se hallaba de frente, leía la prensa sin reparar en ella. Haciendo caso omiso, la actriz prosiguió con la obra que cuenta las andanzas de una reportera de farándula quien, aburrida de su matrimonio de “sopotocientos años”, se busca un compañero “intermitente” y desahoga la falta de culpa que eso le genera con su psiquiatra.

El humor, por supuesto, estaba a la orden del día y las risas se iban generando en el auditorio “obligado”, si bien algunos sólo se fijaban en ella unos instantes y retornaban a su conversación o a su marcha de salida de la oficina, mientras los jóvenes que franquean el zócalo de izquierda a derecha con sus patinetas ni la determinaban y unos estudiantes con chemises azules y gorras de lado sólo la veían para gritar inocentadas.

Con todo, la protagonista siguió paseándose por las incidencias de su affaire, las salidas a comer, el primer intento en un motel -¡susto! con las pantaletas manga-larga- y logró hacer una reunión más grande y arrancar carcajadas colectivas, cuando la trama ya llevaba un cuarto de hora. Féminas de todas las edades empezaron a aglomerarse en la primera fila del improvisado escenario empero los caballeros, aunque llegaron a constituir casi la mitad de la asamblea, se mantuvieron escrupulosos en la parte de atrás.

Pocos de los asistentes hablaban, para no perderse la historia del kit para detectar semen y otros artificios de esa calaña. No obstante, los que sí consultaban por qué la también cantante se encontraba declamando ante unas 45 personas en el medio de la nada, eran quienes transitaban, disminuyendo el paso, por los linderos de la glorieta. “Mira para lo que quedaste”, fue lo que exclamó un viejito de faz amarga.

Entretanto, el acto llegó a su fin: la aclamación no se hizo esperar, pero la boina seguía vacía. Sin más ni menos, la intérprete la tomó y caminó hacia sus espectadores quienes, con algo de escepticismo, aportaron 1, 2, 3 y hasta 10 BsF, no sin dejar de inquirir los motivos para hacer eso. “Para caridad”, respondía ella como si nada, y así fue: dos chicos de una fundación de ayuda al indigente estaban entre el público y recibieron los 60 BsF que se hicieron en unos 45 minutos de función.

Ése es el equivalente al valor de una sola entrada para el mismo soliloquio, en la sala número 2 del Celarg.

Eleidy Aparicio

Endulzando más miradas que paladares

Fue el martes 9 de junio. El desafío que se le planteó a la modelo zuliana distaba un poco del que asumió su predecesora, dado que en este caso no había nada que recolectar; más bien había algo que vender.

Su tablado fue dispuesto en Los Palos Grandes, específicamente en el automercado que se encuentra en el Centro Plaza. A las 4:00 p.m. en punto, llegó ella con su sonrisa perenne y sus ojos marrones llenos de curiosidad. Sus casi dos metros de estatura entaconada en seguida hicieron girar unas cuantas cabezas, por lo que resolvió correr a cambiarse.

Segundos después ya estaba afuera de punta en blanco, con su uniforme de promotora del postre estrella del establecimiento. “¿Cuánto cuesta esto? ¿En qué pasillo está ubicado?”, fueron sus únicas interrogantes, antes se situarse detrás del stand donde ya tenía varios platos de duraznos en almíbar troceados, para ofrecerle a los compradores.

Una doña se avecinó tan pronto ella se instaló y una muchacha averiguó si podía probar. Aparicio convidó a una embarazada que seleccionaba tomates, pero ella le explicó que tenía malestar. Una cuarta señora se unió al grupo, aunque alejó a las demás con una prolongada charla sobre los productos del local y las mejores recetas para prepararlos; la ex Miss fue rescatada por un hombre quien, además de catar, no perdió el chance de conversar con la beldad. Como las demás, él también creyó que se trataba de una de las tantas difusora de las que suele haber en el lugar.

Siguieron fluyendo los desprevenidos comensales y al menos tres de cada cinco pasaron por el puesto de Eleidy. La mayoría la contemplaban, le sonreían, tomaban uno o dos pedazos de fruta y reanudaban su trayecto hacia las neveras de los quesos. Fue su décimo cliente el que le dio un giro al asunto no porque la identificó, sino porque cortó un poco su diálogo por celular para pedirle una lata del confite.

Mucha gente siguió entrando y degustando, y casi todos se mostraban más simpáticos con la morenaza de lo que usualmente se les percibe con cualquier otra impulsora. Con todo, no fue hasta pasados unos 15 minutos cuando un par de “faranduleras” supieron de quién se trataba; a ella se le iluminó el rostro y se puso el índice en la boca en señal de secreto. La escena se repitió con una pareja de novios quienes, con gestos de incredulidad, averiguaban el motivo de sus quehaceres en el almacén. Con la chispa que la caracteriza, aprovechó para venderles un tarro a ellos, así como a la anciana que la escrutaba desde la repisa de las ensaladas.

Tres jóvenes ingresaron casi simultáneamente, la distinguieron y, pese a sus llamados, no se aventuraron a abordarla -la inspeccionaban como tratando de precisar cuál era el truco oculto-. La cuestión le causó gracia, al igual que el susurro que le hizo una niña a su mamá: “Ésa es Eleidy Aparicio”; el señalamiento de la dama que le comentó: “ya sé quién eres” y el grito que le hizo un señor a su hijo: “¡Como ésa es que te tienes que conseguir una!”; a él lo endulzó con su carisma y le metió un recipiente en la cesta.

“Por eso es que vamos a comprar, porque usted está aquí”, se escuchó ya al final del plazo de media hora establecido. “Vas a tener que venir más”, ironizaban las dependientas y cajeras. “Ok, pero ¡páguenme!”, fue la réplica chancera de la joven, quien logró convencer a 12 de las 30 personas que la abordaron  (unas 60 entraron al comercio) para que adquirieran un empaque, para una venta total de 87 BsF.

Foto de David Maris Twitter: @davidmarisfoto

El Che Gaetano

No sólo las risas le alegran el día a unos cuantos

Fue el miércoles 10 de junio. A las 2:30 de la tarde, el comediante hizo un breve recorrido por el bulevar de Sábana Grande sin saber exactamente en qué sector clavarse. Se carcajeaba, pensando en lo que estaba a punto de hacer, y se llenaba de valor mientras evaluaba el panorama. En las inmediaciones de un mini-mall que colinda con la estación de trenes, divisó a una estatua viviente y decidió armarle la competencia.

A pocos metros de ella, se montó en el taburete que traía consigo, acomodó el sombrero de las propinas al lado de un cartel en el que se leía: “Oiga su chiste. Cualquier colaboración es bienvenida” y vociferó: “¡¿Quieren escuchar un chiste?!”. Unos cincuenta peatones que circulaban por la zona en ese instante se volvieron para avistarlo, pero no se quedaron. “¡Ah, claro! Antes me paraban en la calle para que les recitara algo y ahora que la crisis me pegó, no me van parar, ¿no?”, espetó.

Su extraño clamor fue atendido por una colegiala quien, a pesar de que le insinuaban que de seguro se trataba del famoso programa de vídeos absurdos, no se amilanó y solicitó una chanza. Su valentía atrajo, ipso facto, a unos cuantos caminantes más quienes no dudaron en indicarle al humorista que su bragueta no estaba en su sitio. “¿Y tú qué haces viendo el pajarito?”, cuestionó él e instituyó oficialmente el show.

Tras cerciorarse de que no hubiese ningún argentino en la caterva, disparó su primer misil con acento sureño: “Hay quienes dicen que Maradona ya no juega al fútbol, no porque está gordo, sino porque ya no da los pases sino que se los mete”. El jolgorio general no hizo más que atraer a fanáticos y mirones, quienes fotografiaban y grababan conmocionados. Niños con sus padres, muchachas entaconadas, madres con sus bebés en brazos, tipos con looks roqueros o de reguetoneros, adultos contemporáneos y de la tercera edad, sujetos con discapacidad, obreros, en fin, una heterogénea agrupación se juntó con el simple ánimo te tener un rato de diversión.

Algunos se soltaron a derramar su generosidad en la cachucha y recibieron un agasajo del trovador, en tanto que sus ocurrencias se hacían más picantes y el redondel crecía desproporcionadamente a su alrededor. Las altas temperaturas no parecían importar, como tampoco el hecho de que cada vez más personas se amontonaran y los de atrás tuvieran que brincar para poder fisgonear. Todo el que emergía del túnel, allí se paralizaba: “¿Éste no es el tipo de…? ¡Con razón!”, manifestaba uno que otro para auto-explicarse la miríada de la que nadie salía.

Pasados 25 minutos de juerga, Gaetano intentó concluir y saltó a cosechar sus donativos. Muchos huyeron por la derecha, los que se quedaron, recibieron lo suyo: “¡Co…! ¿No hay dólares?” y una recién llegada prorrumpió: “¿Qué hace el Che Gaetano ahí? ¿Está pelando bo…?” y aprovechó para implorar una anécdota de borrachos. “Ésas son más caras, mi amor”, le contestó el actor con viveza, pero no aguantó dos pedidas. Quienes ya iban de partida, regresaron por más y un centenar de desconocidos se volvieron a acoplar.

Emitió un par de remedos más y culminó releyendo el cartel que había llevado, como para ejercer presión en los obsequiantes. Numerosos billetes rodaron de un lado a otro y cayeron en la cofia. Todos juntos ascendieron a 115 BsF; todos juntos llevaron a deducir que el venezolano aprecia en cuantía un buen rato de alegría.

–          “¡¿Qué vas a hacer con eso?!”

–          ¡No me voy a comprar lo que tú estás pensando!, contestó gozoso y depositó la ganancia en el buzón del hombre-escultura. El tieso espécimen olvidó de pronto sus parálisis y le dio un efusivo apretón y las gracias.

Foto de David Maris

Huáscar Barradas

Soplos que reclaman las masas

Fue el jueves 11 de junio. Cuando Huáscar Barradas arribó al metro de Capitolio estaba azorado aunque no eran nervios, era su cabeza dando vueltas a mil por segundo para dar con el sitio perfecto para iniciar su performance.

Tras haber sido advertido de que sólo podía tocar en las afueras del subterráneo, Barradas optó por ubicarse en una especie de túnel que sirve de pasadizo entre el terminal y la calle y que es bastión de un pequeño grupo de buhoneros.

Eran las 9:23 a.m. y, luego de colocar frente a sí un maletín con algo de “dinero semilla”, sacó de un estuche su Powell N°427 y empezó con “Mi querencia”. Una señora se detuvo un santiamén pero siguió de largo. Continuó con “Caballo viejo”, tema que le generó la ganancia inaugural de la jornada: unas pocas monedas que lanzó un caballero en su rápida huída hacia el trabajo.

Hasta que vino el “Alma llanera” y le comenzó a transformar la cara a la faena. Tres individuos se frenaron simultáneamente, arrojaron algo de sencillo y se plantaron a esperar que terminara el adorado himno. Un grupo similar se sumó a ellos y se hizo un semicírculo alrededor del traversista marabino.

Entretanto, los usuarios del servicio de transporte seguían saliendo a borbotones: algunos con audífonos, otros con semblantes angustiados y carnets tambaleantes sobre el pecho, unos más corriendo con niños de la mano, tantos hablando por sus móviles. Todos volteaban a ver lo que sucedía en la galería que los conducía al exterior, pero pocos se quedaban. Los vendedores ambulantes, por su parte, intentaban desviar la atención del espectáculo: “¡Tráiganme mi trompeta!”, gritó uno. “¡Termínala!”, aulló otra y a la par un empresario pregonaba las maravillas de su periódico ecológico.

Pese a todas las distracciones, la magnificencia del sonido que salía de aquel tubo metálico fue ganando respeto y fue captando cada vez más audiencia. “¿Este no es…? – dijeron dos muchachas-. Es imposible que esté ahí”; “Y, ¿pidiendo?”, les contestó con asombro un señor mayor.

Con gente como ellos, el espacio se fue llenando y alcanzó su cenit a eso de las 9:33 a.m. cuando, rodeado de una treintena de seres, el solista recibió su primer aplauso. Avanzó con “El día que me quieras”, “Amanecí en tus brazos”, la infaltable gaita “Sin rencor” y las expresiones de admiración se oyeron por doquier. La multitud ya no se disolvía, sólo cambiaban los rostros de cuando en cuando, si bien algunos permanecían fijos tomando fotos o grabando con cámaras y celulares.

Más flashes y palmadas iban y venían, “Moliendo café”, “La vaca mariposa”, “Mi querencia” otra vez y una empleada del metro salió, con el ceño fruncido, a ponerle fin a la función. Sin embargo, una señora con collar de perlas le gritó: “¡Él es lo máximo!” y se armó la jarana. La variopinta muchedumbre se agolpó a defender a su artista, unas cuantas chicas sollozaban decepcionadas, el líder de la banda de timadores que pululan por la zona lo instaba a no moverse y la consigna inmediata fue: “¡cultura popular!”. La dama uniformada no tuvo más remedio que volver a sus ocupaciones, mientras sus propios colegas se acercaban a suplicar autógrafos.

Repitió “Caballo viejo”, culminó con el “Alma llanera” y recibió el elogio fuerte y espontáneo de medio centenar de ciudadanos. Todas, sin excepción, lo felicitaban sin cesar y querían firmas y retratos. Exaltaban la venezolanidad y, con ese sentimiento llevado al máximo y mezclado con euforia, emoción, felicidad y la idea de crear una fundación de músicos que toquen en los convoyes, el erudito del las notas de viento se despidió.

Su repertorio consistió en unas 20 canciones; logró concentrar a poco más de 100 transeúntes, de los 300 y algo que habrán pasado por allí durante una hora, y de esos, unos 60 lo reconocieron y unos 30 sabían quién era con certeza. Recibió ovaciones en varias oportunidades, no obstante, al final del juego sólo recogió 45 bolívares, que luego donó.

Foto de David Maris

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